Me encontraba viendo los últimos mensajes en mi celular previo al inicio de la clase – en mi instituto solo me permitían hacer uso del mismo para actividades meramente académicas –, donde la mayoría de mis compañeros ya se encontraban sentados, unos revisando el cumplimiento de la tarea asignada, otros echándole una lecturita a los contenidos últimos de la clase, ya que posiblemente fuésemos evaluados o no (no éramos avisado lo cual nos mantenía siempre “en estado de alerta”.
Esta última situación de “sorprendernos” en un
comienzo donde “guerra avisada no mata soldado”, conllevaba a que el aula al profe lo
catalogáramos como un “pesao/molesto/cansino/ cargante /latoso / insoportable”,
acción que no realizaban el resto de los docentes; pero sí nos dábamos cuenta
que era una forma no solo de exigir que estudiásemos, sino que estudiar fuese
un hábito, una disciplina.
A lo anterior se sumaban una serie de técnicas – donde
si bien parecía contradictorio por la edad del profe -, mucha de sus clases
rompía la monotonía ya que realizaba actividades lúdicas (inclusive juegos vía
internet) que rompían lo tradicional por parte de la gran mayoría de los
docentes: “…el tema de hoy es…”; todo el tiempo solo hablaba el docente (nos
aburría, buscábamos el celular como “refugio” a escondida); “¿… alguna duda?”
(nadie decía nada, … ufff que aburrimiento) “… y tarea”; “…ya saben muchachos,
el que no haga la tarea a la dirección”.
Faltaba un minuto para iniciar la clase, ¿qué raro?,
cuando el profesor estaba siempre 5 minutos antes dándonos la bienvenida con
una sonrisa (aunque no era mucho de enseñar los dientes), se abrió la puerta y
3 minutos después de la hora, entró sofocado un nuevo docente.
Nos mirábamos unos a los otros ¿?¿?¿?, silencio
sepulcral, “… buenas estudiantes, yo soy el (la) nuevo (a) docente que les
impartirá la clase”, “el profesor anterior ya no continuará…, comenzamos: abran
el cuaderno y el título de la clase de hoy es…”.
La reacción fue colectiva: inmediatamente, todos,
todos el 100% de los estudiantes sacamos nuestros celulares indisciplinadamente
y a través del WhatsApp, le escribimos al profesor, su respuesta automática
fue: “Queridos estudiantes causas ajenas a mi voluntad (no de salud, gracias a
Dios), me impidió el poder continuar con ustedes, lo cual fue uno de mis
mayores pesares, en la vida”, continuaba el mensaje, “… hay un refrán que dice ‘cada
profesor tiene su librito’, es decir cada profesor, educador o persona tiene su
propio método, forma de pensar, estilo o "secretos" para enseñar y
realizar sus tareas.
"Sean pacientes, no dudo que el nuevo docente pueda
superarme, y de ser posible hablen con él o ella de modo tal que le permita
reflexionar, eso sí con el máximo respeto y les recuerdo lo que una vez les
dije impartiendo la clase de Química…"
"Cuando un equipo de ciclismo compite constituido por 4
miembros, donde las reglas son que el equipo vencedor será aquel cuyo promedio
de velocidad sea el mejor, el equipo dependerá del que vaya más lento como
sucede en la velocidad de una reacción química, luego si hay algunos de los
compañeros de clase comienzan a quedarse detrás en el aprendizaje, ayúdenlo, el
trabajo en equipo es fundamental"
"Y por otra parte yo estoy convencido que el nuevo
docente, posiblemente detendrá la clase al ver el posible estado de “inercia”
en que entren ustedes al ser nuevo y poco a poco los irá conociendo uno a uno,
pero sobre todo en la creación de un espacio para ganar sinergia y que el impasse
lógico que se produzca, sea vencido para bien de todos los integrantes de la
clase… recuerden lo que siempre les dije: la comunicación es vital, háganlo no
tengan temor".
"Les estimo mucho y estoy convencido que saldrán más fortalecido, la responsabilidad no es solo del docente, sino de ustedes también: la evaluación final que logren en la asignatura no es solo un número, sino el valor agregado que fortalecieron en su formación con la entrega de tareas en tiempo, la participación individual y colectiva…, estudien chicos, lo lograrán". "Un abrazo inmenso".
Ante la pronta respuesta, me detuve y les dije a mis compañeros de aula: ¡Chicos ya el profe de Química, nos respondió! Les leo…, y tras los rostros unos taciturnos ante la incertidumbre del nuevo docente y otros sonrientes, ante el respaldo virtual dado por el profesor, me atribuí inmediatamente al derecho de réplica: ¡Profesor no se preocupe… solventaremos la situación con sus valiosos y sabios consejos… le queremos y no le haremos quedar mal a usted ni al nuevo docente!



Como docente, este relato confirma que educar va más allá del contenido: es formar hábitos, disciplina y sentido de equipo. La exigencia con afecto, la sorpresa pedagógica y la comunicación construyen confianza. Cuando un maestro deja huella, el aprendizaje continúa aun en su ausencia, porque los estudiantes ya aprendieron a responsabilizarse y a caminar juntos.
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