En la vida solemos encontrarnos con palabras cuya procedencia son las que emiten nuestros padres usando vocales y consonantes desde el gugú, dadada… como respuestas a los bebes recién nacidos que balbucean - ¿Qué pensaran en ese momento los pequeñines?, ¿por que me responde así?, ¿será tonto?, peor aún cuando sorpresivamente se escucha un pappppáaa, el padre “derretido”, la madre sonriente, y el bebé asoma una sonrisa inigualable catalogada como la primera sonrisa social.
Se irá fortaleciendo el bagaje cultural - conjunto de
conocimientos, experiencias, habilidades, actitudes y valores que una persona
adquiere de su entorno y cultura de origen - de niños y niñas en la medida que transita
por los diferentes subniveles de educación, donde se mezclan el lenguaje
cotidiano y el llamado académico.
El primero (cotidiano) suele ser menos denso,
requiriendo una menor demanda cognitiva de comprensión sobre todo en la
infancia, el segundo (académico) su código es más restrictivo y elaborado, que
en la medida que avanza – de grado a grado, el lenguaje escrito de los textos
escolares incrementa su nivel de densidad, complejidad y abstracción,
especialmente el de aquellos de naturaleza informativa.
Vocabulario que se hace cada vez más complejo y con una
estructura sintáctica y semántica singular, siendo necesario para su
asimilación por parte del alumnado, tener múltiples encuentros con las palabras
de este lenguaje nuevo para, gradualmente, comprenderlas e ir desarrollando la
habilidad de inferir dentro del contexto semántico del texto el significado de
las que desconoce.
Gradualmente esas palabras “raras”, procedentes del
lenguaje académico nuevo, podrán pasar al plano de “amigable” en la medida que
conozcamos su significado y más cuando se vinculan o relacionan con imágenes,
que podrán ser reforzadas con actividades lúdicas, e inclusive con ejercicios
asincrónicos para que padres, madres y tutores con el empleo de recursos
digitales puedan reforzar posteriormente en el hogar.
En lo personal como académico, docente, muchas de las
palabras aprendidas vinieron consolidándose desde mi paso por el nivel básico o
secundaria, y posteriormente con el estudio de la carrera (átomos, moléculas, ácido
desoxirribonucleico (ADN), etc.) lo que me hacían un experto al menos en el
vocabulario técnico.
Ya dedicarme a escribir artículos siempre en el campo
de la Educación, a lo que sumo textos electrónicos (e-book) en el campo de
valores, con anécdotas personales, que, por supuesto ha implicado estudiar, investigar
en aras de una mejor ortografía (abuso de los que, entre otros), encontrar
palabras nuevas – raras, que cuando somos adultos el insumo procede más del
vocabulario cotidiano.
Y aquí justamente es el momento que “entre” la palabra
del nombre de este artículo: Estropicio (¿?,¿?,¿? ...), recurro a mi amigo el diccionario
y encuentro «Destrozo, rotura estrepitosa, por lo común impremeditada, de cosas
por lo general frágiles»; «Trastorno ruidoso de escasas consecuencias»; «Desorden
no premeditado y estrepitoso».
La palabra la escuché en un programa de televisión,
serial, con la presencia de una familia disfuncional, donde se reflejaban los
problemas sociales, la combinación de valores y antivalores, etc.
Palabra que podrá ponerse de “moda” o no, que pueda tener su impacto en la sociedad como nueva al ser poco conocida, utilizados por uno u otros sin utilizarla como recurso de “distinción social”, pero por lo visto los bebes desde pequeño cuando necesitan ser lactados y no se satisfacen forman su propio estropicio.















