Hablar de infancia, implica un rango de etapas que comprende desde el nacimiento hasta la adolescencia; dividida en: Primera Infancia (0 a 3 años); Etapa Preescolar (3 a 6 años); y Etapa Escolar (6 a 12 años), obviamente etapas que a lo largo de ellas conlleva a cambios enmarcados por un rápido crecimiento físico, cognitivo y emocional.
Que, a los efectos de recordar, se plantea que es a
partir de los 3 años o más (exactamente 4 meses)[1] y
sobre todo a partir de situaciones que te llamaron la atención, por tener una
cierta trascendencia – su primer amor platónico, o una caída en bicicleta 15
minutos de haber sido estrenada –, conocido como memoria episódica o bien por
la retroalimentación que recibe de tus padres, abuelos en la etapa de la
primera infancia (0 a 3 años).
Mi madre: - Ernestito (ico) estando aún en la barriga
era muy comelón, ya “grande” lo sigue siendo; él nació 8 mesino, es decir nació
“apurao”, así ha sido toda la vida.
La posibilidad de recordar hechos – desde los 3 a los
12 años de edad –, al menos los más significativos diría (mi madre tiene razón siempre he sido apurado) que es algo bonito, más
allá de la frase manida, trillada de “recordar es volver a vivir”, donde “lo
feo”: los recuerdos desagradables, dolorosos, sencillamente los “escondo” con
la ayuda del propio cerebro que los desecha o bloquea, y por otra parte teniendo
en cuenta la incapacidad natural que tenemos los adultos para recordar los
recuerdos episódicos y autobiográficos de sus primeros años de vida (conocido
como amnesia infantil, generalmente antes de los 3 o 4 años).
Y que, por el contrario, desde una perspectiva
científica y psicológica, con apoyo del hipocampo[2], que
me permite revivir las mejores experiencias emocionales, haciéndonos sentir
alegría o amor, gracias una vez más al cerebro y sus hormonas (del bienestar)
como la dopamina, casi como si estuviéramos allí, permitiéndonos sentir las
emociones con una intensidad muy parecida a la real.
Desde jugar en la acera o banqueta juegos
tradicionales como el pon o la rayuela[3],
más allá de los improperios de los transeúntes “…niños y ustedes no tienen otro
lugar para jugar, váyanse al parque”; la quimbumbia[4], kimbomba
o timbomba, donde los conductores, en este caso nos llamaban la atención: “…
jodidos chiquillos, patojos, siempre atravesados”.
A lo anterior no puede dejar de faltar las travesuras, algo así como tomar lo que no es suyo, ¿?, sí, como lo leyó, hurtar o robar, como fue el caso de brincar una cerca o malla, para disfrutar de deliciosos mangos o naranjas, éramos tres, con supuesta cautela siendo de día un domingo, nos dimos a realizar y el cruce correspondiente y… el cuidador ipso facto nos detuvo; la regañada fue espantosa…la historia terminó feliz, pero si con un sentimiento de culpa y… sin frutas.
No puedo omitir una, que de vez en cuando recuerdo y que relaciono como un preámbulo de mi vocación y que forma parte de mi actual perfil; lugar escuela primaria, la profesora se encontraba en el patio de la escuela, representando con sus alumnos (eran de un grado menor al mío), algo así una batalla épica del siglo XIX, donde habían buenos y malos…; curioso al fin y al cabo, me acerqué a la docente y le expresé “… profe, no existe la posibilidad que…”; me miró de arriba abajo y me dijo “¿tú crees que puedas escribir alguna vez algún cuento, relato, hecho, que le guste a los estudiantes o personas mayores, a pesar de tu corta edad? Sonreí y le dije sí.
[1] Catherine Loveday, profesora y asistente docente en los programas de Licenciatura en Neurociencia Cognitiva y Clínica y Licenciatura en Psicología. Sus áreas de especialización docente son la neuropsicología, la neurociencia, la neurofarmacología, la psicología cognitiva y la psicología de la música. Le apasionan las prácticas de evaluación innovadoras y le entusiasma el uso eficaz de la tecnología para potenciar el aprendizaje; [2] El hipocampo es una estructura fundamental del sistema límbico, la red cerebral encargada de gestionar nuestras emociones, la supervivencia y la memoria.
[3] La rayuela (también conocida como "pon", "avión", "golosa" o "peregrina") es un juego tradicional donde los jugadores avanzan saltando en un pie por un tablero numerado del 1 al 10; [4] La quimbumbia es un juego callejero tradicional de Cuba y la Península de Yucatán, México. Similar al béisbol, utiliza dos palos de madera: uno largo (el bate) y uno pequeño de forma cónica, que se golpea para lanzarlo y atraparlo.












