Temprano en la mañana cuando voy en búsqueda del pan acabadito de salir del horno – el cual suelo oler desde que voy llegando a la panadería, paralelo a ello comienzo a salivar como el perro de Pavlov[1] - a pesar del frío mañanero, suelo saludar a las personas que se trasladan en sentido contrario, con unos buenos días, donde en la mayoría de los casos recibo la misma respuesta.
Por supuesto que
saludar, entiéndase «acto comunicacional en el que una persona hace notar a
otra su presencia, generalmente a través del habla o de algún gesto», me lo
enseñaron mis padres como una norma de educación; acción que se extiende en
muchas ocasiones a un abrazo en determinadas religiones como es el caso de la
católica, recogido en la Biblia en el Salmo 91:4, que describe «a Dios como un
refugio seguro, donde encontramos protección bajo sus alas. El relato del hijo
pródigo también ilustra la inmensa compasión y amor incondicional de Dios, que
siempre está dispuesto a recibir a sus hijos con los brazos abiertos», el cual
se evidencia comúnmente en las misas al concluir estas, donde las personas
contiguas suelen abrazarse.
En el ámbito de la fe
religiosa en familias – extensible al árbol genealógico - de hijos a padres,
sobrinos a tíos, ahijados a padrinos y nietos a abuelos – es muy usual el que «Dios
te bendiga», utilizado para bendecir a los demás, respondiéndose con un «Amén».
El saludo suele
extenderse a otras manifestaciones tales como al despedirse con un adiós (cuyo
significado es A Dios o que la persona esté con Dios), buenas /tardes/noches se
utilizan en contexto formal y como un modo cortés de saludo; pero también suele
darse en ‘combo’ aunque un tanto más particularizado – entre amigos y
familiares – saludo + abrazo o bien estrechón de manos entre hombres y en el
caso de las féminas (no excluyente a los hombres) con un beso (o dos) amistoso en
la(s) mejilla(s) al momento de conocerse.
No podemos obviar
otras expresiones como son al despedirse siendo el caso de «adiós», «hasta
pronto», «hasta luego», «hasta la vista», «nos vemos», ciao, chao o chau, etc.;
Y si de amor se trata, se usan normalmente expresiones tales como «te quiero»,
«te amo», «te adoro», entre otras muchas.
Una particularidad o
modalidad que suelo emplear – aunque tengo mi duda – es felicitar a las
personas conocidas o no en el ámbito cuando son promovidos, inicio o culminación
de estudios y en los cumpleaños y ¿por qué se preguntara? Tal vez el motivo
básico es suplir la carencia de afectos que los humanos necesitamos.
Acaso - volviendo al primer
párrafo, sí el del pan – donde suelo saludar a las personas tempranamente las
respuestas en ciertas ocasiones se evidencian con una leve sonrisa producto de la
contracción del músculo cigomático que jala las comisuras de los labios hacia
arriba y hacia los lados, lo que da como resultado una sonrisa mutua.
Vivimos rodeados de problemas – quien no lo sienta así, que ‘lance la primera piedra’, perdón NO, porque ocasionaría uno – unos propios, otros ajenos, luego la opción de un Hola y sus sinónimos: ¡Buenas!, buenos días, buenas tardes, buenas noches, encantado de conocerle, encantado de saludarle, es un placer saludarle, ¡Hey!, ¡Qué gusto verle!, ¿Qué pasa?, ¿Qué tal? y otros, unos formales y otros informales.
En fin todos ellos
responden a normas de conducta y por otra parte a una especie de paliativo, que
al menos por unos segundos nos haga sentir mejor: ¡Ciao!
[1]
El experimento del perro de Pavlov es uno de los experimentos más conocidos en
la ciencia del comportamiento. Iván Petróvich Pávlov (1849 – 1936) científico
ruso, laureado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1904.