Resulta ¿obvio?, que las personas que solemos escribir – mis disculpas a mis excompañeras de trabajo de la asignatura de Comunicación y lenguaje, ¿disculpas?, SÍ, ¿Por? Mis ¿errores o horrores? ortográficos, el abuso del queísmo[1], el exceso de comas y otros – nos apoyemos en hechos vividos (personal o del entorno familiar) o conocidos sobre todo a partir de la lectura, como insumo.
En este momento recuerdo - fenómeno complejo que
implica la capacidad del cerebro para almacenar, retener y, en última
instancia, recuperar información, experiencias y procedimientos previamente
aprendidos- como frase popular que "Recordar es volver a vivir", ¿su
significado? «Traer a la memoria
momentos del pasado, reviviendo sentimientos o emociones asociadas a ese
recuerdo, lo que permite que algo que se consideraba lejano o extinto vuelva a
la vida presente, ya sea de forma placentera o nostálgica.
¿Y de dónde nutrirnos para recordar hechos pasados
que sean tangibles? Fotos, películas, videos, lugares (donde recurrimos tras
años de no visitar), amistades con las que contactamos un buen día o cada día
que retomamos dialogar y que más allá de ponernos al día, de cuando en vez
surge algún comentario (sin caer en el extremo malicioso o de crítica al no
estar presente esa persona, entiéndase chisme) “…sabes que … se fue del país”.
Me encanta conversar al respecto con mi hija y por
supuesto recordarle sobre todo los buenos tiempos, a lo que le sumo los contratiempos
que en su momento tuvo como estudiante, acompañado de regañadas que sirvieron puntos
de inflexión y reflexión y que, si en su momento hubo discordias, hoy resultan
sonrisas como señal de agradecimiento.
Cuando comparto con ella fotos viejas, antiguas,
tal vez cargada con un año y meses de nacida, que por supuesto no recuerda - los
niños desarrollan la capacidad de formar y recordar recuerdos autobiográficos
(experiencias personales) alrededor de los 3 o 4 años de edad; en el caso de
los adultos período similar para “rescatar” su primer recuerdo vivido -, sin
embargo a ella le permite “reconstruir” o asociar la experiencia original,
modificando con el tiempo nuevas asociaciones o interpretaciones reviviendo con
ellas vivencias pasadas, aprender de ellas y dar continuidad a su historia
personal.
¿Y como docente? Solemos recordar a los buenos,
los que se destacaron, los disciplinados, los estudiosos, sobre todo al
graduarse con notas máxima y ya en su vida laboral a pesar de los pocos años,
ser profesionales de éxitos, pero también recordamos a los “malos”, aquellos
que no estudiaban lo suficiente, que no se integraban al trabajo en equipos,
era impuntual, indisciplinado…, y por ende nos dejaba “huellas” donde nos ponía
a pruebas que hacer nuevo, donde habíamos fallado, que no lográbamos enrumbarlo
a mejores resultados, por supuesto logrados con unos, no con todos.
Donde unos u otros (buenos o malos), con el
tiempo, de encontramos en el camino en modo virtual o presencial, resultaban y
resultan un momento propicio para recordar y en especial para retroalimentarnos
si realmente hicimos nuestra labor bien: ¡Educar!
Que al parecer parece que algo logramos, algo, evidenciado por canas, uso de anteojos, menos cabellos, arrugas en el rostro (y no solo por la disminución de colágeno y elastina que dan firmeza a la piel, es decir envejecimiento natural), al fruncir el ceño al molestarnos por una conducta impropia del estudiante, estrés, la falta de sueño, cuando asumimos que el mal desempeño de aquel joven, fue responsabilidad nuestra al no enmendarlo a tiempo.
Por lo visto, recordar es volver a vivir, y si volviera a nacer, mi profesión sería siempre: ¡ejercer la docencia!
[1]
Uso, normativamente censurado, de la conjunción que, en lugar de la secuencia
de que, como expresión introductora de ciertos complementos oracionales.



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