lunes, 29 de diciembre de 2025

La ausencia del silencio.

Pareciera ser que la vibración que se propaga en forma de ondas y que es percibida por el oído humano, no es permisible cuando no escuchamos lo suficiente o nada, algo así como una barrera, un muro, llamado silencio, que conlleva a la abstención de hablar, en el ámbito de la comunicación humana.

Es muy cierto que el silencio colabora, ayuda a reflexionar en momentos que se requiere pensar, con el propósito de tener más claridad, diría de concentración para la elaboración de un proyecto, tarea, etc.; que, ante la posibilidad de algún ruido no esperado, la “musa se espante”.

Pero si por un momento “escondieses los problemas”, y te dedicaras a escuchar todo lo que proviene en cuanto a sonido, donde escuchas con atención - a diferencia de oír (escuchar y oír, dos caras de una misma moneda) -, biológicamente se genera una tensión para decodificar el mensaje, y separar del significante (sonido) su mejor significado como puede ser el trinar de las aves, la lluvia cuando cae, el agua cuando avance a través del cauce, cuando la pluma o lápiz rasga su tinta o crayola sobre la superficie de la hoja, cuando las teclas de tu computadora/ordenador, tableta, teléfono son presionadas.

Para cualquier persona racional lo que pretenda escuchar debiera ser agradable, algo que lo haga sentir bien, por ejemplo, música cuya selección irá avalada por su estado anímico que le ocasionará un sinnúmero de satisfacciones vinculadas a recuerdos que pueden variar en el rango de las emociones, positivas (alegría, amor, felicidad, humor); de las negativas las cuales solemos evitar (ansiedad, miedo, ira, rechazo, tristeza, vergüenza), pero que no son tan sencillas de lograrlo.

 ¿Y lo ideal que debiéramos descartar (lo más posible)? Evidentemente un sonido no deseado o molesto, al que llamaremos ruido, el cual se define en el contexto ambiental como «cualquier sonido que interfiera con la tranquilidad o que cause incomodidad o daño a la salud. En términos de comunicación, se refiere a cualquier señal no deseada que puede interferir con la transmisión o recepción de un mensaje.

Por ejemplo, hablar en voz alta (gritar) por parte del emisor, peor cuando es devuelta por el receptor; poner música estruendosa, que sobre pase los 100 decibeles – decibel unidad de medida del sonido (db) – siendo el caso de la sirena de una ambulancia (110), el de un iPod cuyo volumen máximo alcanza los 120 db; fuegos artificiales 160 db, por supuesto no permisibles que afectan a los oídos, aunque existen excepciones como el de un niño llorando que puede alcanzar los 120 db, comparable al ruido de un avión al despegar (¡What/Qué!), que tampoco deben dejar de atender (al niño/a) del porque el llanto.

Por supuesto tanto separar un sonido desagradable / agradable no resulta tan sencillo ya que ambos forman parte de nuestro entorno, donde habitamos, ¿sería posible evitar como parte de lo cotidiano: los vendedores ambulantes, los músicos callejeros, la música de los parlantes, los personajes populares que ofrecen sus productos y avisan su llegada con un sonido en particular (organillero, afilador de cuchillos, heladero, chinchinero, etc.), ¿las campanas de las iglesias? 

Al parecer vivimos en un mundo donde tendremos que lidiar entre el mundano ruido – que no lo excluyo totalmente, ya que pueden resultar agradable teniendo en cuenta el factor cultural - y la búsqueda constante de los mejores espacios donde hacer florecer los mejores sentimientos.

1 comentario:

  1. Palabras que se dicen sin escucharse, estímulos constantes que no dejan espacio para sentir. Cuando el silencio falta, también se pierde la pausa necesaria para comprender, sanar y mirarse por dentro. Recordar que el silencio no es vacío, sino presencia: un territorio íntimo donde nace la claridad. Reivindicarlo es un acto de resistencia y cuidado, una forma de volver a lo esencial en medio del exceso.

    ResponderEliminar