lunes, 1 de diciembre de 2025

Las hojas del almanaque

Pareciera ser que cuando caen las hojas de ese catálogo estructurado por días, meses, semanas, con fechas de celebraciones tanto religiosas como civiles de tu país, donde insertas las tuyas particulares:  cumpleaños de tu gente (familia, amigos), compromisos laborales y personales, aniversarios de boda, fallecimientos de seres queridos, así como apuntes de lo pendiente, actividades prioritarias para los próximos 12 meses de un nuevo año, que en lo personal suelo guardarlos, para una vez u otra darle una mirada con ojos “retrospectivos”.

Donde de almanaque o calendario el mismo se ha convertido prácticamente en una especie de “diario-refugio”.

No es repasar las 12 hojas-meses, las 52 semanas correspondientes al año en cuestión, no, es darle una relativa lectura rápida a los 365 días o 366 de ser bisiesto y detenerte en aquellos relevantes, significativos, que pusieron a flor de piel, tus sentimientos…

Hojas que suelo pasar de página en página física o electrónicamente, que, al cambiar la misma, pareciera ser que se desprenden como las hojas en otoño que cambian no solo de color, sino que la caída en sí, constituye una estrategia de supervivencia para el invierno, y que en nosotros son sustituidas por el encanecimiento del cabello y a la vez una piel más fina con pliegues o surcos, contrapuestos con una acumulación de conocimientos y sabidurías de la cual antes no pudiste dar cuenta de forma objetiva, y que en este momento solemos al igual que las hojas, utilizar como una estrategia de supervivencia.

Acumular “hojas” nos conduce sabiamente a valorar lo hecho y el impacto que posiblemente podemos y pudimos causar en las personas que nos rodean y nos rodearon, donde el rol de educar nunca se pierde, al contrario, se fortalece.

Educar y haber sido educado por nuestros antecesores y que nos corresponde en esta ocasión trasladar a las nuevas generaciones cualquiera sea la vía (presencial o asincrónica, que hoy pudiéramos nombrar digitalmente como contactos), que hacerlo es algo así como un bálsamo que nos fortalece el espíritu, más cuando has ejercido la mejor profesión del mundo: ser educador.

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