El lugar algo lúgubre, sombrío, paredes cubiertas de cortinas que con dificultad dejaban pasar los rayos del Sol; paredes cubiertas con afiches de personajes fantasmagóricos cuyos rostros reflejaban ¿crueldad?, cuadros que no guardaban armonía alguna: animales, paisajes cuyo propósito tal vez era reflejar un entorno poco agradable, desordenado.
En una mesa podían
apreciarse catálogos que contenían rostros de personas y animales, flores,
brazaletes, figuras geométricas, rosas náuticas, corazones, textos y otros,
todas ellas situadas en brazos, rostros, piernas, hombros, tobillos, cuellos,
glúteos, en las entrepiernas, en los dedos de las manos; no podía faltar un
afiche donde el dibujo de una persona desnuda, de espalda mostraba las zonas de
¿dolor? del cuerpo humano.
En el centro del
salón una cama plegable, rodeado de lámparas unidireccionales, mientras que el
experto esperaba ¿qué harías o que seleccionabas para grabarte…?; mientras
alistaba el dispositivo que perforaría la piel a través de una aguja inyectando
tinta o pigmentos en la capa intermedia de la piel, la dermis; ligado a lo
anterior, una mezcla de mezcla de pinchazos, hormigueo, rascado intenso o
quemazón ligados al dolor y a la sensibilidad de la persona.
Grabarse dibujos
o tatuar[1]
o marcar mi piel de forma temporal o permanente, ¿un tabú?; no queda duda que
los tatuajes pueden tener un significado espiritual, sirviendo como
recordatorios de la fuerza, sabiduría o valores personales, simbolizan la
resiliencia, la continuidad y la esperanza, especialmente para quienes han
superado adversidades.
¿Adorados por unos,
rechazado por otros? Vivimos en sociedades, permeadas por entornos a veces muy
complejo, algunos recientes – en todas partes del mundo – donde se suelen
enaltecer a través de los medios de comunicación, la violencia, la agresividad,
la coacción de personas con tatuajes, siendo “sellados” de por vida.
Los tatuajes no
son hechos recientes, sencillamente forman parte de la Historia, muestra de
ello el encontrarse con una momia del período neolítico[2],
con 61 tatuajes formados en 19 grupos de líneas paralelas y cruzadas en las
piernas, la espalda, el torso y la muñeca; en la Biblia se menciona con cierta
similitud con esta hipótesis en el libro de Levítico 19:28 en el que se les prohibió
este tipo de comportamiento a los israelitas cuando iban camino a la tierra
prometida.
¿Y en el caso de
los estudiantes actualmente?, – niños, jóvenes, adultos, cuyas edades oscilan
desde los 11 años hasta los 18, 20 años –, que lo visualizan como una moda, una
rivalidad, pero que pueden verse sujetos a restricciones académicas en instituciones
dada la posibilidad de asociarlos a conductas de riesgos, prohibiendo la
visibilidad de los mismos, pero que inclusive al insertarse posteriormente en
el ámbito laboral, no suelen ser vistos con “buenos ojos”.
El hecho en sí de grabarse la piel, la decisión habrá de ser tomada con madurez y lo que ello implica para una sociedad aun no preparada lo suficientemente al respecto; lo prohibido, a veces resulta “caro”, cuando no se explica o argumenta a tiempo por los padres, tutores, docentes.
Obviamente las sociedades deberán evolucionar una más que otras[3], ¿cuándo, ¿dónde, de qué dependerá? Todo estará en dependencia del raciocino del ser humano, entiéndase de la capacidad de usar la razón para conocer y juzgar.
[1]
En inglés "tattoo", término proveniente además del polinesio samoano
"tatau", cuyo significado es "marcar o golpear dos veces".
[2] Se
ubica entre los 10.000 a.C. y el 5.000 a.C.
[3]
Hoy en día, el 38% de la población mundial tiene al menos un tatuaje; contradictoriamente
- según datos de Lutronic PBS, experto fabricante de dispositivos láser
médico-estéticos-, en los últimos años, el número de personas que acuden a
borrar los tatuajes de su piel ha crecido un 30% y se calcula que el 60% de las
personas que se tatúan se arrepienten de ello en 5 años.


El peso del prejuicio y la carga simbólica que la sociedad deposita sobre el cuerpo marcado. La piel aparece como un espacio de memoria e identidad, donde el dolor y la elección personal dialogan con la historia, la moral y las normas sociales. La tensión entre libertad individual y juicio colectivo, especialmente en contextos educativos y laborales, dejando abierta la necesidad de una sociedad más reflexiva, informada y tolerante frente a las diversas formas de expresión corporal.
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