lunes, 3 de agosto de 2026

¡No aguanto más!

Hoy me he levantado, tal vez lo tradicional, ir al baño, lavarme la cara, visualizar ante el espejo el poco cabello que me queda, este algo desordenado, canas que cubren lo que una vez fue negro, una rala barba que denota algo parecido - como “el blanco, le gana al negro”-, y bolsas debajo de los ojos el envejecimiento natural, la genética, y la retención de líquidos.

Es cierto que vernos todos los días como hábito ante un espejo, ello constituye un acto físico y mental donde el reflejo además de mostrarnos la apariencia externa (descrita hace un instante), la mente evalúa, acepta o critica esa imagen.

¿Será un rostro cuyo envejecimiento fue “acelerado”, por el estrés constante de ser docente durante más de cuatro décadas?, ¿“vigilar” al despertador, antes que el te despertase a ti?, ¿mal dormir pensando con intervalos insomnio de mantenimiento si la clase que había preparado la noche anterior hasta bien tarde, resultaría bien recibida por mis discípulos?

Tras cepillarme los dientes, enjuagarme la boca, respiro hondo, suspiro, me seco la cara, aunque antes de desayunar debo pasar por la computadora para apreciar que tengo en el buzón y refugiarme en ella, ante un escenario diferente, que ya no es el aula de clase, pero si “hablar de Educación”.

Haber abandonado el aula presencialmente, lo determinó mi salud, que un día se quebró producto de tratar que todo saliese a la perfección, todo, sus estudiantes entrar a clase con puntualidad, que estos prestasen atención, participaran…, pero ese día no fue así, sintió que el aire no llegaba a sus pulmones, sus manos comenzaron a temblar y las letras en la pizarra se volvieron borrosas, breves segundos, no tuve otro remedio que pedir disculpas y retirarme de forma silenciosa.

Me dirigí a la facultad de medicina de la misma institución donde trabajaba, localicé a una amiga doctora, midió signos vitales, etc. Y me comentó de forma enfática: “¡sé cómo eres, sabes que, necesitas descansar, estás quemado[1]!

Entendí en ese instante que el rol de Don Quijote, luchando contra los “molinos de viento”, entiéndase estudiantes, disciplina, la perfección en todo, había excedido mis límites; necesitaba “separar” mi identidad como persona de su rol como educador, ya no era el mismo profesor que pretendía salvar el mundo a costa de mi propia salud.

Era hora de descansar, - en contra de mi voluntad-, y “no morir con las botas puestas[2]”, para lo cual tomé la decisión de jubilarme, la cual no fue fácil, pero necesitaba volver a respirar con tranquilidad, considerando que no estaba abandonando mi vocación, sino salvando mi vida.

Al terminar de bañarme, siento la piel más fresca después de un sueño reparador, “presiento” que las bolsas debajo de los ojos, están menos inflamadas; me visto, vamos al desayuno, huevo cocido y un poco de yogurt natural sin azúcar, sin que puedan faltar mis galletas de maíz horneadas (nada que contenga harina de trigo, nada) …; les dejo, otras tareas pendientes: echar aguas a las plantas, lectura del periódico y por concluir este artículo que leerá, tan pronto lo termine.



[1] Se hace alusión al Síndrome de burnout o del "trabajador quemado", que constituye un estado de agotamiento físico, mental y emocional causado por el estrés crónico en el trabajo, cuyos tres pilares principales son el cansancio emocional, la despersonalización y la baja realización personal [2] Cita o frase que proviene del Siglo XIX por los soldados que preferían caer en combate o en servicio activo, listos para la acción.

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