Es cierto
que vernos todos los días como hábito ante un espejo, ello constituye un acto
físico y mental donde el reflejo además de mostrarnos la apariencia externa
(descrita hace un instante), la mente evalúa, acepta o critica esa imagen.
¿Será un
rostro cuyo envejecimiento fue “acelerado”, por el estrés constante de ser
docente durante más de cuatro décadas?, ¿“vigilar” al despertador, antes que el
te despertase a ti?, ¿mal dormir pensando con intervalos insomnio de
mantenimiento si la clase que había preparado la noche anterior hasta bien
tarde, resultaría bien recibida por mis discípulos?
Tras
cepillarme los dientes, enjuagarme la boca, respiro hondo, suspiro, me seco la
cara, aunque antes de desayunar debo pasar por la computadora para apreciar que
tengo en el buzón y refugiarme en ella, ante un escenario diferente, que ya no
es el aula de clase, pero si “hablar de Educación”.
Haber
abandonado el aula presencialmente, lo determinó mi salud, que un día se quebró
producto de tratar que todo saliese a la perfección, todo, sus estudiantes
entrar a clase con puntualidad, que estos prestasen atención, participaran…,
pero ese día no fue así, sintió que el aire no llegaba a sus pulmones, sus
manos comenzaron a temblar y las letras en la pizarra se volvieron borrosas,
breves segundos, no tuve otro remedio que pedir disculpas y retirarme de forma
silenciosa.
Me dirigí a
la facultad de medicina de la misma institución donde trabajaba, localicé a una
amiga doctora, midió signos vitales, etc. Y me comentó de forma enfática: “¡sé
cómo eres, sabes que, necesitas descansar, estás quemado[1]!
Entendí en
ese instante que el rol de Don Quijote, luchando contra los “molinos de
viento”, entiéndase estudiantes, disciplina, la perfección en todo, había
excedido mis límites; necesitaba “separar” mi identidad como persona de su rol
como educador, ya no era el mismo profesor que pretendía salvar el mundo a
costa de mi propia salud.
Era hora de
descansar, - en contra de mi voluntad-, y “no morir con las botas puestas[2]”,
para lo cual tomé la decisión de jubilarme, la cual no fue fácil, pero
necesitaba volver a respirar con tranquilidad, considerando que no estaba
abandonando mi vocación, sino salvando mi vida.
Al terminar de bañarme, siento la piel más fresca después de un sueño reparador, “presiento” que las bolsas debajo de los ojos, están menos inflamadas; me visto, vamos al desayuno, huevo cocido y un poco de yogurt natural sin azúcar, sin que puedan faltar mis galletas de maíz horneadas (nada que contenga harina de trigo, nada) …; les dejo, otras tareas pendientes: echar aguas a las plantas, lectura del periódico y por concluir este artículo que leerá, tan pronto lo termine.
[1] Se hace alusión al Síndrome de burnout o del "trabajador quemado", que constituye un estado de agotamiento físico, mental y emocional causado por el estrés crónico en el trabajo, cuyos tres pilares principales son el cansancio emocional, la despersonalización y la baja realización personal [2] Cita o frase que proviene del Siglo XIX por los soldados que preferían caer en combate o en servicio activo, listos para la acción.


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