lunes, 17 de agosto de 2026

La importancia de llamarse…

Si concluyera tras los tres puntos suspensivos con la palabra Ernesto, para lectores de algunos años atrás, sabrían que me refiero a la obra de Oscar Wilde[1], nombre puesto por mi padre, aunque realmente me llamo Juan Ernesto, pero por controversias con mi madre quedó el que mi padre quería: Ernesto.

¿Importante el mío? No, un nombre que suele ser algo común, posiblemente mucho en cualquier guía telefónica – posiblemente extinguidas físicamente -, y si recurre a las redes, posiblemente encuentre miles, cientos de miles…, no sé; que, por supuesto podría acotarse poniendo mis apellidos, pero no viene al caso.

Pero sí debo de mencionar a un Ernesto, que pude conocer, el cual tenía la dualidad de científico y pedagogo en el campo de la Química, sus trabajos muy serios en el estudio derivados del petróleo – tal era así, que cualquier situación a nivel Nacional en ese campo, era OBLIGATORIO, ser consultado -, pero como docente, también había que “quitarse el sombrero”[2], por ejemplo: llegar a una laboratorio y decir “…ahí tienen en sus mesas, reactivos, la utilería correspondiente…necesito que investiguen con ello sobre…, eso sí tiene 90 minutos para presentar resultados y ser escuchados”. Nota: no había ninguna guía de trabajo, no había celular, ni internet, ni Gemini o ChatGPT.

Algo que si llamaba la atención era su sencillez, la empatía con la que actuaba, su coherencia entre lo que decía y hacía, pero además su forma simple de vestir, diría que hasta muy singular, única y era la siguiente: su gabacha o bata blanca de laboratorio, que no era tan limpia ya que en la misma se visualizaban manchas de reactivos u otros derivados, hecho que denotaba que para él, mostrar que era un apasionado de las ciencias y la investigación, era su prioridad, siendo su carta de presentación, lo demás quedaba a un lado.

Fui su discípulo – más que orgulloso -, pero lo sigo siendo, ya que hace breves momentos me acordé de él; iba a realizar unas compras, a pie, día en que llovía o no, por ello andaba con el paraguas acuesta, gorra, tenis cómodos, siendo el resto del vestuario algo informal; al pasar frente a un colegio de alto prestigio al cual había enviado mi CV, - mensajes de interés en colaborar, llamar por teléfono vía WhatsApp, etc.; cuya respuesta nunca llegó, ni para al menos, gracias por su interés-, al ver que salían docentes y estudiantes, como Lancelot[3], entré al centro, presenté mi documentación de quien era, y pedí hablar con un directivo académico.

Me atendió un académico – no a una instancia ejecutiva, pero me atendió muy gentilmente – le plantee mi interés de colaboración en varios proyectos (uno: capacitaciones al personal docente en temas como: “El planeamiento didáctico y los valores en el aula de clase”; dos: “El rol de las actividades lúdicas en la institución”; tres: “Perfeccionamiento del profesorado para el trabajo sincrónico y asincrónico”, etc.

Diría que simpáticamente – para no decir “trágame tierra” – mi facha (por la ropa), no había sido la más adecuada, no me había preparado para toda una parafernalia ligadas a los protocolos para una entrevista presencial (saco, corbata, …), aunque la justificación, no tan formal, había sido el portón entreabierto del centro escolar cuando pasé frente al mismo.

¿Me llamarán? Hasta el momento ningún correo, llamada, nada, ni siquiera algo así como «¡Válame Dios! ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento,

y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?[4]». ¿Acaso mi vestuario informal resultó ser mi “molino de viento” y no el interés por colaborar con una institución, mostrando mi capacidad de servir o aportar valores a la misma, sin importar mi nombre?



[1] Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde (1854-1900), conocido como Oscar Wilde, fue un escritor, poeta y dramaturgo británico de origen irlandés.Wilde es considerado uno de los dramaturgos más destacados del Londres victoriano tardío. Fue una celebridad de la época debido a su aguzado ingenio. Es autor de obras como “La importancia de llamarse Ernesto”, “El retrato de Dorian Gray”, “El fantasma de Canterville”, “El príncipe valiente” o “El gigante egoísta”;[2] Metáfora popular que significa admirar, respetar o reconocer el gran mérito de alguien por una acción, obra o actitud sobresaliente; [3] Figura legendaria de la caballería medieval, conocido principalmente como el Caballero del Lago, el más valiente de los Caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo; [4] Frase de Sancho Panza a Don Quijote, donde el escudero va a socorrerlo, tras ser derribado por las aspas del molino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario